Aventuras en la peluquería
No hace falta que diga que no soy cliente habitual de estos sitios, por dos razones muy concretas:
-Son caros
-No me suele hacer falta
Mi relación con mi pelo es simple: el me gusta, yo le gusto. Intento no hacerle cosas que le puedan molestar y viceversa. No es liso, pero tampoco rizado, asi que, aunque no es complicado de peinar, suele ir hacia donde quiere. Y la raya, siempre en medio. Aunque yo no lo quiera. Aunque son males menores, porque, y está mal que lo diga (y mucho peor que lo haga) no suele preocuparme mi aspecto físico. Estar “guapa” o estar “fea” son conceptos que…me la traen al pairo. Soy como soy, y aunque la mona se vista de seda, mona se queda, las cosas como son.
Lo que si acaba por aburrirme es la monotonía de mi aspecto. Siempre sobrio, sin grandes cambios. El pelo lacio, sin apenas brillo (aunque creo que eso es más bien un problema vitamínico) y la cara larga y blanca. A veces me sorprende que la gente no me huya…
El caso es que, hace un par de semanas, decidí cambiar un poco y le tocó a mi pelo. Si algo tenía claro era que quería un cambio de color y un corte que me respetase el largo pero que me diese un poco de volumen, porque me aburría el parecerme a un indio americano.
Siempre que voya una peluqueria, (como mucho una vez cada dos años) lo paso mal. Porque no esty acostumbrada, porque las peluqueras (pobres currantas) solo quieren hablar un poco mientras trabajan, y yo no se lo pongo fácil, y porque no es mi ambiente. Tanta laca, espuma, cepillos, secadores…eso no es lo mío.
Sabía que iba a hacer el ridículo y no me equivocaba. La primera fué al llamar a la peluquería para pedir hora. Craso error. No se pide turno porque no cierran a mediodía. Es como la cola de la charcutería, la que llega primero es la que pide. Para arreglarlo, pregunto:
-”Y…por el tema del tinte…tengo que llevar alguno o vosotros teneis…“-
-”…………a ver…esto es una peluquería…tenemos de todo…..“- silencio incómodo por mi parte, y risitas por la de la peluquera….
Cuando llegué allí, me enchufaron una bata negra, y en un bolsillo que había en mi lado izquierdo, metieron un papel donde había escrito lo que quería que me hiciesen.
De querer tener el pelo rojo, acabaron por convencerme de que me hiciese mechas bicolores: rojas y negras. El tinte me lo puso un chavalín con cara de estar hasta las pelotas de peinar, tintar y secar cabezas. A penas hablamos, tampoco sabía qué decirle.
Cuando acabó, estuve casi 3/4 de hora esperando a que el tinte hiciese su trabajo, y fuí a lavarme la cabeza. Primero, agua fría, para que el tinte se quedase. Luego, la que me lavaba la cabeza empezó a decirme que si me iba a poner ésto o lo otro, y me preguntó si llevaba presupuesto. Es una pena que no me viese la cara, pero le dije que no quería gastarme mucha pasta, asi que, que no se emocionara demasiado.
Apareció una chica que me miró la cabeza y exclamó lo mucho que le gustaba el color y me dijo que sería ella la que me cortaría el pelo…qué iba a decir yo…nada, porque entre que tenía la cabeza metida en una especie de guillotina, pero boca arriba, y que tenía las cervicale en tensión….solo pude dedicarle una patética sonrisa desde la silla de tortura en que estaba sentada.
Cuando pasé a que por fin me cortaran el pelo, vino la pregunta que siempre odio.
-”Cómo lo quieres??“-
Le dije lo que antes más arriba he comentado, un corte que no me dejara pelona y escalonado.
Creo que esta chica fué la mas humana de las personas por las que pasé esa tarde. Aunque tampoco intercambié demasiadas frases con ella, le di a entender claramente que no era clienta habitual de peluquerías, y que mas que un placer me suponia un gran sacrificio.
Cuando acabó con el corte, apareció el tintador, pero ésta vez para secarme el pelo. De nuevo un:
-”Cómo lo quieres??“-
A lo que contesté:
-”Lo quiero como Si NO HUBIESE VENIDO A LA PELUQUERÍA, estamos??“-
Empezó a secarmelo con cepillo, como cuando se lo secan a las abuelas, y empecé a cabrearme. Yo no quería el pelo así! recien peinado, como si me fuera de boda. Qué era aquello?? Yo abría la boca para pedir, y ellos me la cerraban diciéndome lo que tenía que hacer!!!
El colmo fué cuando me pregunto dónde quería la raya del peinado. A punto estuve de decirle que como me tocara la raya, no podría volver a ejercer de peluquero el resto de su vida. Me limité a decirle -”De-ja-la donde ESTÁ.“-
Al final apareció la chica que me había cortado el pelo, para revolvermelo todo de nuevo (literalmente), y dejarlo como yo quería. Menos mal.
Esta mañana me he levantado, me he mirado al espejo…y casi me da un yuyu. Los efectos del secador de la peluquería y el haber dormido eran una combinación cuanto menos curiosa.
Mañana, me lavaré la cabeza, me secaré el pelo al aire (como siempre hago) y volveré a ser normal. Yo, la de siempre, aunque con otro pelo.



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