No recuerdo el día en que dejé de creer. Tampoco recuerdo si alguna vez creí realmente.
Supongo que al ir todo ligado con la tradición religiosa de este país (algo con lo que nunca he comulgado, nunca mejor dicho), el pensar que 3 reyes magos se dedicaban a ir casa por casa dejando regalos era algo que no me cuadraba en la cabeza.
Siempre he sido bastante escéptica en general. El día que me explicaron como se hacían los niños, solo me preguntaba como demonios se podía meter “eso” en “aquello”. Simplemente lo veía físicamente imposible. A lo largo de los años, una se da cuenta de que incluso, hay más de 100 maneras de hacerlo….
Volviendo a los reyes, a mis días de reyes…
Recuerdo el despertarme pronto, muy pronto, sobre las 8 de la mañana, creo que incluso un año el reloj daba las 7:00 am.
Sabía que eran mis padres, lo intuía, lo presumía y no había nada que pudiese hacerme cambiar de opinión, pero incluso aunque les hubiese pillado con las manos en la masa, dejando los regalos en el sofá, al lado del árbol o incluso detrás de las cortinas (un año lo hicieron) hubiese sentido la misma emoción, el mismo cosquilleo en el estómago, porque nunca, nunca! sabía que me iban a regalar y sabía que siempre habría algo para mí.
Recuerdo que lo primero al despertarme era ir a cerciorarme de que los regalos estaban allí. Los cristales de las puertas del comedor no eran lisos, asi que a través de ellos solo se veían las cosas deformadas, además de la luz que entraba por las persianas. La puerta siempre estaba cerrada y recuerdo perfectamente que ésa puerta hacía mucho ruido al abrirse o cerrarse, como si al cabo de los años la puerta ya no encajase.
Si había regalos, a través de los cristales se veían los colores del papel de regalo, brillando, como los adornos del árbol.
Con los nervios a flor de piel iba corriendo a buscar a mi hermana, que no solía despertarse tan pronto. Le daba dos zarandeos y la arrastraba hasta la puerta del comedor.
Entonces, poco a poco, y para que mis padres no nos oyesen, abríamos la puerta del comedor. Despacio, sin prisas, intentando mitigar el ruido de la puerta a la vez que dejábamos de respirar, esperando que no sonase nada.
Una vez abierta entrábamos y entornábamos la puerta. Entonces empezaba la orgía de los papeles, las cajas y los lazos. Rompíamos, rasgábamos, chafábamos todo lo que se pusiera entre el regalo y nosotras.
Cuando lo teníamos todo abierto había dos opciones:
a) Que mis padres ya se hubiese despertado y entrasen ya al comedor.
b) Que mi hermana y yo fuésemos a despertarlos.
Sea como fuere, siempre acabábamos en el comedor, con todos los trastos por el suelo, con mi padre intentando montar cualquier juguete y con mi madre haciendo el desayuno o recogiendo papeles.
El ritual era casi siempre el mismo: después de nuestros regalos en casa íbamos a casa de mi abuela paterna, donde teníamos puestos en el sofá nuestros regalos. Al rato aparecían mis tíos para darnos los suyos.
Después ibamos a casa de mi abuela materna, aunque a penas recuerdo el haber estado allí el día de reyes, en mi memoria almaceno un par de visitas ese día. Pero también había regalos.
Si hago caso a mi mala memoria, en general nunca tuve regalos excesivamente caros ni “punteros”. Nunca pedí consolas, ni ordenadores, ni ese tipo de cosas.
Recuerdo algunos regalos de los que tuve, supongo que porque fueron algunos de los que más me gustaron. Un año me regalaron 2 blísters con minerales para coleccionar y uno con cristales de roca y piedras varias. Me gustaron tanto que intenté hacerme una colección de verdad. Al final, todo quedó en un intento. Ahora tengo las piedras que me quedaron arriba de una estantería, todas medio rotas y sin etiquetas.
También tuve un pequeño piano eléctrico con 100 tipos de sonido diferentes. Bueno, no sé si llamarlo piano, organo o qué. Era un Casio, eso lo recuerdo perfectamente, y tambien recuerdo la canción que llevaba como muestra y que sonaba al darle a un botón amarillo:”Just the Way You Are“, de Billy Joel, aunque eso lo supe años después. Cuantas veces entró mi madre a la habitación donde solíamos mi hermana y yo pasar los ratos con el piano, gritando:
-”Haz el favor de tocar tu y no poner esa canción más!!!“- al final la canción resultaba desesperante…
He recibido muñecos y muñecas, como todos los niños, pinypones, Barbies (no muchas tampoco), alguna Chabel. También libros, muchos libros, aunque por suerte eran tambien regalos durante todo el año. Un año me regalaron dos pares de mazas de gimnasia rítmica y un aro, aunque éste ultimo no lo utilicé a penas. Ah! Y recuerdo…un año mi abuela paterna me preguntó que quería para reyes y le dije que por favor por favor por favor!!! me regalase un disco de Richard Clayderman, un LP que no pararon de anunciar unas navidades. Estaba loquísima por ese disco, y lo tuve, vaya si lo tuve. A veces pedía unas cosas…
Sin duda, uno de los mejores regalos fué el primer radiocassette que mi hermana y yo tuvimos. Fué un regalo de mi madre, quien escribió a modo de poema la advertencia de que, si no compartíamos el regalo, sencillamente, no habría regalo. Fué divertido adivinar lo que era y buscarlo. Creo que aun tengo el poema por ahi guardado…
Pasan los años, mis padres se separan y la dinámica de los reyes cambia, aunque sigo yendo a casa de mi abuela paterna, donde nos reunimos para el intercambio, aunque ahora tienen que ponerse de acuerdo en qué días se queda uno a las niñas y cuales el otro.
Regalos siempre ha habido, reuniones familiares también. Aunque no creyésemos en los reyes, aunque no crea en papa noël, aunque no crea en dios y me importe un puto rábano la nochebuena, la navidad, la nochevieja y la misa del gallo. Siempre estaba la familia.
Ah! La familia!
Hoy los he visto otra vez. Mi padre con prisa, su mujer con cara avinagrada, mis tios intentando parecer sinceros, mis primos huyendo por la puerta a los diez minutos de haber llegado todos, mi abuela, amargada porque ya no dirige su vida y llorando porque su nieta la mediana (mi hermana) no ha ido a por su regalo: una caja de música de plástico rosa con bailarina incluida, exactamente igual a la mía.
Qué coño, me deprimo con sólo pensarlo.
Y para arreglarlo, Diana, qué has hecho? Llamar a tu hermana para echarle una bronca absurda. Claro! Qué divertido es tragarse a la familia una sola, sin tenerla a ella, eso es lo que realmente te jode. A veces debería tragarme la lengua.
A mi madre no la he visto, aunque he hablado con ella. Ni falta hace decir que no me importa no tener regalo “oficial” de reyes. Sus regalos siempre están ahi, fuera de fechas en el calendario, cuando realmente hacen falta.
Nunca he creído en los reyes, no hace falta decirlo, pero ahora, y cada día más, dejo de creer en la familia. En la familia que se mantiene unida por los lazos de la hipocresía.
Vaya mierda. No cuesta tanto amar a los tuyos no?
A veces parece que sí.