
Ayer volvía del trabajo en autobús, un transporte público que ya había dejado prácticamente en el olvido.
Me senté al lado de la ventana (siempre que puedo) y me quedé embobada mirando a los coches que pasaban al lado del bus. Hacía sol, y daba justo en mi ventana, asi que estaba medio adormilada.
Tan cerca del cristal pude darme cuenta de la cantidad de polen y semillas que caía de los árboles. Estamos en plena efervescencia hormonal (y si no, que se lo digan a uno que yo me sé) y para la naturaleza implica la polinización y la procreación a mansalva.
Y no sé si es la primavera, el tiempo o qué, pero para despertarme de mi somnolencia autobusera, una polilla tuvo a bien el ir a estrellarse directa contra el cristal sobre el que yo me recostaba. Como siempre, yo exagerando las sorpresas casi parto el cristal con el cráneo.
Pero luego vino otra, otra y otra más, y después montones de ellas!
El autobús paró en un semáforo y a mi altura, un poco mas bajo, un coche con conductor y un pequeño ocupante detrás. Me di cuenta porque siguiendo el vuelo de una polilla me topé con su mirada.
Supongo que no tendría más de 2 años, pero estaba alucinado. Alucinado con las polillas. Seguía con la cabeza a cada una de las que pasaban por su ventanilla. Y empecé a hacer lo mismo.
Así hasta que prácticamente me quedé frita…de nuevo.