Archivo de Noviembre, 2006

    Dust you are and unto dust you shall return - Genesis 3:19

    1 de Noviembre, 2006 a las 23:53

    Hay cosas que nunca aprendí siendo niña y que la mayoría de mi compañeros siempre tuvieron muy presente.

    Nunca supe lo que era el pecado. Nunca me interesó lo más mínimo el concepto de limbo. El cielo se me antojaba inmenso y azul, nada más. Purgatorio es una palabra que apenas he utilizado hasta ahora y pensar en la muerte solo conseguía enfadarme: pensaba que morir era una experiencia tediosa, donde nada a mi aldededor funcionaba y yo miraba siempre hacia la oscuridad que me envolvía.

    Lo que si aprendí es que todo aquello con componentes orgánicos tiene fecha de caducidad: los yogures, la leche, los huevos, la fruta, la carne….
    Todo acaba por dejar de ser. Todo se pudre.

    Nunca entendí el por qué de los entierros.
    Entendedme. A mi parecer, cuando una persona muere significa que se acabó. Punto y final. Su cuerpo ha dejado de ser funcional, ni más ni menos. Lo que queda, al fin y al cabo, es todo lo que antes fué. Y todo eso reside en objetos, en recuerdos, en fechas en los calendarios, en fotografías….

    ¿Para qué mantener los residuos de algo que fué grande y que ya ha dejado de ser? ¿Realmente sirve de algo?

    Durante años, llegado el día 1 de Noviembre, acompañé a mi abuela paterna a “visitar” el nicho de mi abuelo, su marido. Realmente no me importaba ir con ella y tampoco tenía elección.
    El ritual siempre era el mismo:

    El día anterior me hacía bajar a la floristería a encargar un ramo de flores. Siempre me dió a elegir el tipo de flores, y yo siempre me decantaba por las mismas: lirios blancos.
    La primera vez que los elegí fué simplemente porque me gustaban, tan blancos y estilizados. Cuando mi abuela los vió aprobó mi elección diciendome que además eran una de las flores que más le gustaban a mi abuelo. Desde entonces siempre escogí las mismas, aunque siempre ponian algunos claveles de relleno.
    Las flores se montaban en una cubeta rectangular que luego irian dentro de un macetero pegado al mármol del nicho.

    Una vez tenía las flores, mi abuela bajaba al patio de casa y me cogía del brazo. Yo, con la carga de las flores en un brazo y con mi abuela apoyándose en el otro, me arrastraba como podía, calle abajo hacia el cementerio.

    Una vez allí, mi abuela encontraba rápidamente el sitio donde habian enterrado a mi abuelo. Todavia hoy no entiendo qué sentido de la orientación debe tener uno para no perderse entre tantas calles y pasillos similiares.

    Mi abuela me soltaba y se acercaba al nicho. Allí, una foto de mi abuelo identificaba los restos que ahi dentro se encontraban. Mi abuela limpiaba la foto con su pañuelo de bolsillo, y acto seguido le plantaba un sonoro beso al frio cristal que la protegía.

    Me pedía despues que acercase las flores y que las pusiera. Ella ya había quitado las viejas y limpiado el macetero. Yo dejaba las nuevas allí puestas, miraba la foto de mi abuelo y me apartaba de nuevo del nicho y de mi abuela.

    Y me la quedaba mirando. Mi abuela, callada, mirando el mármol, mirando la foto y rumiando no sé que cosas mientras se sonaba una y otra vez con el pañuelo.

    Nunca entendí qué veneraba. Nuna entendí por qué volvía una y otra vez a decorar ese agujero lleno de restos humanos.
    Nunca lo entendí, porque sabía que mi abuelo no estaba allí.

    Mi abuelo estaba en casa. Estaba en la salita donde a veces ponía la radio que venía empotrada en un mueble. Estaba en su lado de la cama, en sus cajones donde guardaba sus cosas de fumador. Estaba en el cenicero al lado del sofá, siempre manchado de ceniza. Estaba en la cocina, donde muchas veces se sentaba para prepararse el almuerzo.

    Pero no en este agujero, no. Ahi solo quedan huesos, carne podrida, una foto desgastada y unos lirios marrones.