La envidia sana no existe
26 de April, 2007 a las 14:43Ayer, cuando subí al metro para ir a clase, justo al entrar pude ver, al otro lado del cristal, a una ex-compañera de la Facultad de Filología.
La recuerdo muy bien. Era la típica empollona, capaz de sacrificar su vida social, amorosa y demás por sacar una buena nota en “Poesía Inglesa“. Nuestra relación nunca pasó de algunas tardes/mañanas hablando, algún préstamo de apuntes (siempre por su parte) y poco más. Nunca alcancé a tener confianza suficiente como para iniciar una “amistad” y en parte esto se debía a que había algo en ella que no me encajaba.
Como ya he dicho, lo suyo era estudiar. Estudiar mucho.
Desde el primer día que la conocí me fijé en sus zapatos, algo que no hago prácticamente nunca. Llevaba unos náuticos. Y calcetines blancos.
Dios…..
No sé que hay en mis genes que hace que no soporte este tipo de zapatos. Supongo que alguna vez llevé algún par y no fué una experiencia demasiado…cómoda.
La cuestión es:
Chica empollona, un modo de hablar excesivamente edulcorado, náuticos….y una cara preciosa. Si señores.
Era la tia más guapa que pude encontrarme en la Facultad a lo largo de 3 años.
Un pelo largo, ondulado, sedoso y siempre peinado. La piel morena, tersa, sin ningún defecto a primera vista, ni una arruga fuera de tono. Las mejillas siempre rojas, de un tono suave. Unos ojos claros penetrantes y grandes y unos labios…perfectos, diría yo. Gruesos sin pasarse, de un tono rosa natural. Fisicamente equilibradísima. casi Perfecta.
Llevaba náuticos, eso si.
Y cuando la vi ayer, casi 4 años después, con la misma cara, guapa (porque, maldita sea!! es que es guapa!), con un tipo perfecto, con ropa de marca, su carpeta negra bajo el brazo, su pelo ondulado. Sus ojos rematados con rímel…vamos, tan perfecta como siempre.
Esta vez no me fijé en sus zapatos, o no quise fijarme. Supongo que me pilló tan de sorpresa que ni lo pensé.
Mientras la miraba con el ojo derecho (para que no se notase tanto el descaro), esperando a entrar al metro, vi como me miraba con un interrogante en la cara, como pensando -”…esa…me suena…“-. Me hice la distraída, claro..
Y cuando dejé de mirarla a ella y miré el cristal que nos separaba a las dos, me vi a mi misma.
Y pensé:
-”…4 años después, y ella está asi. 4 años después y a mi el cristal sólo me devuelve una cara pálida con ojeras, imperfecciones en cada centímetro de mi cara, el pelo revuelto, cortado a trasquilones, una cara cansada, un aspecto deplorable….“-
Y no es envidia sana lo que siento. No me alegro un ápice de su buena suerte física, en absoluto. Francamente querida, me importa un bledo. Y es la envidia la que dice:-”…lo que daría por tener la piel tan tersa como ella, la cara tan luminosa…lo que daría por ser tan guapa y haber heredado un mínimo de elegancia natural…“-
Elegancia…donde está la elegancia? No en mi bolso, desde luego.













